13 de septiembre de 1888
exactaCierre del primer Colón (1888)
Se cierra el viejo Colón para iniciar la construcción del nuevo edificio.
Contexto previo: La sede de la Plaza de Mayo
Hacia finales del siglo XIX, la ciudad de Buenos Aires atravesaba un proceso de modernización y expansión sin precedentes, impulsado por la consolidación del Estado nacional y el auge económico del modelo agroexportador. En este escenario, el primer edificio del Teatro Colón —inaugurado en 1857 y ubicado frente a la Plaza de Mayo, en la manzana delimitada por las actuales calles Rivadavia, Reconquista, Bartolomé Mitre y 25 de Mayo— se había erigido como el centro neurálgico de la vida social y cultural de la élite porteña.
Diseñado por el ingeniero Carlos Enrique Pellegrini, aquel recinto poseía una capacidad para 2.500 espectadores y fue testigo del debut de las figuras más importantes de la lírica internacional de mediados de siglo. Sin embargo, para la década de 1880, el edificio comenzaba a resultar insuficiente y técnicamente obsoleto frente a las crecientes ambiciones urbanísticas de una ciudad que aspiraba a convertirse en la "París de Sudamérica". La necesidad de una sala con mayor capacidad, mejor acústica y una infraestructura técnica moderna llevó a las autoridades a tomar la decisión de vender el predio al Banco de la Nación Argentina para financiar, en parte, la construcción de un nuevo coliseo.
Desarrollo del hecho: La función de despedida
El 13 de septiembre de 1888, el primer Teatro Colón cerró definitivamente sus puertas. La jornada no solo representó el fin de un ciclo arquitectónico, sino el cierre de una etapa fundacional de la ópera en Argentina. La última función fue un evento de gran carga simbólica, donde la sociedad de la época se dio cita para despedir un espacio que había albergado los hitos culturales de los últimos treinta años.
La clausura se produjo en un contexto de transición institucional. El gobierno nacional, tras intensas negociaciones, decidió que el nuevo teatro debía emplazarse en un terreno más alejado del centro cívico administrativo, optando finalmente por el predio que ocupaba la Estación del Parque del Ferrocarril Oeste (actual ubicación frente a la Plaza Lavalle). El cierre del viejo edificio el 13 de septiembre marcó el inicio de un período de incertidumbre, ya que, aunque la intención era inaugurar la nueva sede en un plazo breve para los festejos del IV Centenario del Descubrimiento de América (1892), los hechos posteriores alterarían drásticamente el cronograma previsto.
Protagonistas del proceso
El proceso de cierre y la posterior transición hacia el nuevo edificio estuvieron marcados por figuras clave de la arquitectura y la gestión pública. La planificación del nuevo teatro fue confiada inicialmente al arquitecto italiano Francesco Tamburini, quien entonces se desempeñaba como Director de Arquitectura de la Nación. Tamburini fue el responsable de los trazos fundamentales del proyecto que hoy conocemos, buscando sintetizar el estilo renacentista italiano con la monumentalidad francesa.
Junto a él, el arquitecto Vittorio Meano asumió un rol protagónico, continuando la dirección de la obra tras el fallecimiento prematuro de Tamburini en 1891. No obstante, la tragedia también alcanzaría a Meano, quien murió en 1904 antes de ver finalizada la obra. Esta sucesión de decesos en la dirección técnica es uno de los aspectos más singulares del proceso histórico del teatro. Finalmente, fue el arquitecto belga Jules Dormal quien se encargó de concluir los trabajos, introduciendo modificaciones estructurales y decorativas, especialmente en los interiores y el foyer, otorgándole al edificio su estética definitiva.
Repercusión y consecuencias: Una espera de dos décadas
La consecuencia inmediata del cierre en 1888 fue un vacío cultural que se prolongó mucho más de lo previsto. Lo que originalmente se planificó como una transición de cuatro o cinco años terminó convirtiéndose en una espera de dos décadas. Las dificultades técnicas para cimentar un edificio de tal magnitud, sumadas a las crisis económicas que afectaron al país (como la crisis de 1890) y las mencionadas muertes de los arquitectos principales, paralizaron las obras en repetidas ocasiones.
Durante estos veinte años, Buenos Aires se quedó sin su principal escenario lírico oficial, lo que obligó a que la actividad operística se desplazara a otros recintos, como el Teatro Opera o el Teatro Politeama. La construcción del nuevo edificio se volvió una cuestión de Estado y un desafío de ingeniería que puso a prueba la capacidad técnica de la época. La "gran demora" generó críticas en la prensa de aquel entonces y una sensación de escepticismo sobre si el nuevo coliseo llegaría alguna vez a completarse. Finalmente, la nueva sede de la calle Libertad fue inaugurada el 25 de mayo de 1908 con la ópera Aida de Giuseppe Verdi.
Por qué se recuerda hoy
El 13 de septiembre de 1888 se recuerda como el punto de inflexión entre el pasado colonial-poscolonial y la modernidad cosmopolita del Teatro Colón actual. Historiográficamente, esta fecha permite comprender que la excelencia del actual teatro no fue un hecho fortuito, sino el resultado de un proceso traumático y prolongado de crecimiento urbano.
El cierre del viejo Colón simboliza el sacrificio de una sede histórica en pos de una ambición mayor: la creación de uno de los mejores teatros líricos del mundo. Hoy, la memoria de aquel primer edificio en la Plaza de Mayo permanece en los archivos como el antecedente necesario que permitió la consolidación de la tradición operística en el Cono Sur. El hecho subraya, además, la resiliencia de las instituciones culturales argentinas frente a las adversidades técnicas y presupuestarias que marcaron la construcción del monumento nacional que hoy representa el Teatro Colón.