25 de mayo de 1890
milestoneColocación de la piedra fundamental del nuevo Colón
Comienzan las obras del nuevo Teatro Colón bajo proyecto de Francesco Tamburini.
Contexto previo
Hacia finales del siglo XIX, la ciudad de Buenos Aires atravesaba un proceso de profunda transformación urbana y cultural, impulsado por el deseo de la dirigencia nacional de posicionar a la capital argentina como una metrópoli de vanguardia. En este marco, el antiguo Teatro Colón, ubicado frente a la Plaza de Mayo (donde hoy se erige la sede central del Banco de la Nación Argentina), resultaba ya insuficiente para las demandas de una sociedad en expansión y para las exigencias técnicas de las grandes producciones operísticas europeas.
La decisión de clausurar la vieja sala en 1888 y construir un nuevo edificio fue el resultado de la Ley 2.381. Esta normativa autorizaba la venta del antiguo predio para financiar una obra que debía ser, por escala y diseño, uno de los centros líricos más importantes del mundo. El sitio elegido para el nuevo emplazamiento fue el terreno delimitado por las calles Libertad, Arturo Toscanini (entonces parte de Viamonte), Cerrito y Tucumán, frente a la Plaza Lavalle, en un sector que con el tiempo se integraría al trazado de la Avenida 9 de Julio.
Desarrollo del hecho
El 25 de mayo de 1890, coincidiendo con el octogésimo aniversario de la Revolución de Mayo, se llevó a cabo el acto oficial de colocación de la piedra fundamental del nuevo Teatro Colón. La ceremonia tuvo un carácter simbólico y protocolar, reflejando la importancia que el Estado otorgaba a este proyecto como piedra angular del patrimonio cultural nacional.
El evento marcó el inicio formal de los trabajos de excavación y cimentación bajo los planos originales del arquitecto italiano Francesco Tamburini. El diseño propuesto se inscribía en un eclecticismo academicista, combinando elementos del Renacimiento italiano con la grandiosidad del barroco francés. En aquel momento, las previsiones iniciales estimaban que la obra concluiría en un plazo de aproximadamente treinta meses, a tiempo para la conmemoración del cuarto centenario del descubrimiento de América en 1892. Sin embargo, factores financieros, políticos y tragedias personales alterarían drásticamente este cronograma.
Protagonistas
El principal impulsor técnico y artístico del proyecto fue Francesco Tamburini, Director General de Arquitectura de la Nación, quien ya había trabajado en las reformas de la Casa Rosada. Su visión para el Colón buscaba la síntesis de la acústica perfecta y la monumentalidad visual. Junto a él, desempeñó un rol crucial su colaborador directo, Vittorio Meano, también arquitecto de origen italiano, quien se encargaría de dar continuidad a la obra ante las eventualidades del destino.
En el ámbito institucional, la figura del empresario Angelo Ferrari fue determinante. Ferrari, quien poseía la concesión para la explotación del teatro, fue el encargado de presionar por el inicio de las obras y de gestionar los primeros contratos. No obstante, la historia del edificio quedaría marcada por la ausencia prematura de sus creadores: Tamburini falleció en 1891, apenas un año después de la colocación de la piedra fundamental, dejando el proyecto en manos de Meano.
Repercusión y consecuencias
Lo que se inició como un acto de optimismo y progreso en mayo de 1890 pronto se convirtió en un proceso de construcción complejo y accidentado que se prolongó durante casi dos décadas. La muerte de Tamburini fue el primer gran obstáculo, seguido por la crisis económica de finales del siglo XIX que paralizó los fondos destinados a la obra.
Vittorio Meano retomó los trabajos e introdujo modificaciones significativas al diseño original, pero su propia muerte en 1904, bajo circunstancias trágicas, dejó el edificio nuevamente huérfano de dirección. Fue finalmente el arquitecto belga Jules Dormal quien asumió la etapa final de la construcción, aportando su sello estético en los detalles de ornamentación y terminación del interior, alejándose levemente del rigor italiano inicial hacia una estética más afrancesada.
La demora de dieciocho años entre la colocación de la piedra fundamental y la inauguración definitiva el 25 de mayo de 1908 —con la ópera Aida de Giuseppe Verdi— transformó al teatro en un símbolo de resiliencia institucional. Las consecuencias de este largo período de gestación permitieron, paradójicamente, incorporar avances tecnológicos en iluminación y seguridad que no estaban disponibles en el proyecto original de 1890.
Por qué se recuerda hoy
La fecha del 25 de mayo de 1890 se recuerda en el archivo histórico del Teatro Colón como el punto de partida de una hazaña arquitectónica que definió la identidad cultural de Buenos Aires. Este hito no solo representa el comienzo físico de una estructura edilicia, sino también el nacimiento de un ideal: la creación de un espacio donde la excelencia artística pudiera desarrollarse con estándares internacionales.
El hecho se destaca hoy por representar la transición entre la Buenos Aires colonial y la metrópoli moderna. A pesar de los cambios de dirección y las interrupciones, la piedra fundamental colocada aquel día sostuvo el compromiso de una nación por concluir una obra que, un siglo después, sigue siendo reconocida globalmente por su calidad acústica y su valor arquitectónico. La persistencia del proyecto original de Tamburini a través de las décadas subraya la solidez del concepto arquitectónico inicial, que logró sobrevivir a la muerte de sus proyectistas y a las fluctuaciones del país.