Del arrabal al mundo: cómo nació el tango
El tango no nació en un salón: nació en los conventillos, los patios y las academias de los suburbios porteños y montevideanos.
# Del arrabal al mundo
El tango es hijo del Río de la Plata en su momento más cosmopolita. Entre 1870 y 1900, Buenos Aires y Montevideo recibieron una ola migratoria que multiplicó su población varias veces. Italianos, gallegos, criollos empobrecidos, afrodescendientes y gauchos desplazados convivieron en conventillos y en los márgenes de las ciudades.
Una fusión rioplatense
En ese cruce sonaron a la vez la habanera cubana, el candombe afro-rioplatense, la milonga campera y la payada. Nadie inventó el tango de un día para otro: se fue destilando en academias de baile, prostíbulos y patios, primero como música instrumental para bailar, después como canción.
De la marginalidad al salón
Durante décadas el tango fue música de las orillas, mal vista por la élite porteña. Su respetabilidad llegó por un camino inesperado: París. Hacia 1910–1913 la aristocracia parisina lo adoptó como baile de moda, y sólo entonces la clase alta de Buenos Aires empezó a bailarlo abiertamente.
El nacimiento del tango canción
En 1917 Carlos Gardel grabó «Mi noche triste» de Pascual Contursi. La letra —un lamento en primera persona— transformó al tango: dejó de ser sólo música para bailar y pasó a ser una manera de contar la ciudad. A partir de allí, poetas como Homero Manzi, Enrique Santos Discépolo y Cátulo Castillo escribieron algunas de las páginas más importantes de la poesía popular latinoamericana.
Un patrimonio compartido
En 2009, la UNESCO inscribió al tango en la lista de Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad, en una candidatura conjunta de Argentina y Uruguay. El reconocimiento sella algo que las milongas de Buenos Aires, Montevideo, Tokio, Berlín o París ya saben: el tango es, hoy, patrimonio del mundo.